Era un día lluvioso, de esos que no te apetece salir de casa cuando vuelves de clase, te da igual que haya un terremoto, que se te caiga el techo encima o incluso que todo salga ardiendo a tu alrededor. Puesto que en una tarde como esa, nada ni nadie te separa de tu ordenador. Así se encontraba Diana, en su habitación chateando con sus amigos como otro día cualquiera.
Estaba preguntándole a Mel cómo se encontraba después de todo el ajetreo de los últimos días. Ella le dijo que se encontraba mejor que al fin y al cabo la vida seguía adelante y no podía quedarse atrás. Diana se quedó más tranquila y siguió con lo suyo. A decir verdad estaba un poco aburrida, pero no era un aburrimiento de esos de los que quieres salir, ya que aunque un minuto parezcan horas, resulta placentero dedicar tu tiempo a....no hacer nada.
Pero de repente algo interrumpió su aburrimiento, más bien, alguien lo interrumpió. Era Nando, que la saludó a través del chat. Él ya llevaba un tiempo ahí, y ella lo sabía, pero es de las típicas chicas tímidas y cortadas que no se atreven a decirle un simple ''hola'' al chico que las vuelve locas. No hace falta decir que a Diana se le puso el corazón a mil por hora cuando Nando la saludó, ella contestó enseguida, ya que no quería que pensara que no estaba o que pasaba de contestarle. Empezaron a tener una conversación muy entretenida, se preguntaron sobre todo lo que les pasó por la cabeza, tanto el uno como el otro se morían de ganas de saber cada detalle. La charla continuó un buen rato hasta que Nando decidió que no quería continuar su conversación vía chat e invitó a Diana a tomar un café para despejarse un poco. Ella sin dudar un solo segundo aceptó y se puso como loca a mirar su armario para decidir qué ponerse. No se entretuvo demasiado ya que había quedado en media hora con él y no quería hacerle esperar.
Cuando llegó a la cafetería él ya estaba allí esperándola, la vio y la miró de arriba a abajo con sus preciosos ojos verdes para ver lo guapa que estaba y cuánto lo habían engañado sus recuerdos ya que en su cabeza no la recordaba tan perfecta. Ella se ruborizó ante sus miradas y se acercó a la mesa donde estaba sentado. Al principio dudó cómo saludarlo, ya que si por ella hubiera sido, le habría plantado un beso en los morros allí mismo, pero no quería que la gente la mirara, así que sonrió y le besó en la mejilla.
Al sentarse en frente suya, él sonrió con esa sonrisa tan bonita que tenía, Diana se quedó muda. Ya que ella no era capaz de decir una palabra él tomó la iniciativa.
- Bueno chica, ¿Qué es de tu vida?
- Pues nada nuevo, sigo con los estudios como de costumbre, estoy deseando acabar. ¿Y tú?
- Bastante bien, tengo un nuevo curro y la verdad es que está genial aunque me pilla un poco lejos de casa.
- ¿Dónde es?
- ¿Conoces ese parque tan grande que está por aquí cerca?
- Sí.
- Bien pues justo al lado han abierto unas nuevas oficinas de abogados y me han contratado.
- ¡¿Eres abogado?! Joder, tienes que ganar un pastón...
- ¡Teniendo en cuenta que acabo de empezar no gano mucho jajaja!
- ¿Sabes? Esas oficinas están muy cerca de mi casa. Recuerdo que cuando las estaban construyendo no me dejaban dormir por las mañanas jaja.
- ¿Enserio? ¡Vaya! ¿Quién lo iba a decir? Ahora ya tengo un motivo para ir contento a trabajar.
Diana volvió a ruborizarse y se quedó mirándole callada por un momento. Él, aprovechando que tenía las manos encima de la mesa se las cogió y las acarició dulce y lentamente mientras le devolvía la mirada.
Ya no pensaban en nada, el tiempo se había congelado para ellos. A Diana se le pusieron los vellos de punta y sonrió, rompió el silencio añadiendo:
- Parecemos dos idiotas...
- El amor es muy aburrido si no se lleva a cabo por idiotas.
-¿ A esto lo llamas amor? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar tan seguro sin ni siquiera un beso de por medio?
- A veces son tan sólo una mirada basta.
En ese momento ella volvió a callarse y él le apretó las manos con fuerza y permanecieron así un buen rato, hasta que él miró el reloj y se dio cuenta de lo tarde que era.
- Se nos ha hecho tarde, será mejor que te lleve a casa.
- ¡Puff! ¿Ya? se me ha pasado el tiempo volando...
- No te preocupes ¡Habrá mas días! Jajaja.
- Por suerte sí.
Ambos se levantaron y abandonaron la cafetería para ir a casa de Diana. Como estaban cerca no tardaron mucho en llegar, de camino Nando le enseñó a Diana sus oficinas. Ya en su portal, empezaron a decirse las típicas palabras de despedida.
- Me ha encantado quedar contigo Diana, eres adorable.
- Lo de adorable sobra jajaja, no lo soy. A mí también me ha encantado quedar contigo la verdad, lo he pasado tan bien...
- Bueno, descansa esta noche...
- Y tú también.
Diana abrió la puerta para subir a su casa cuando de repente Nando la agarró del brazo, la giró y la besó inesperadamente. Tras el beso Diana se quedó paralizada sin saber qué decir de la vergüenza. Entonces Nando se acercó y le susurró:
- Si para demostrarte mi amor necesitas que te bese, prepárate...Porque te voy a desgastar los labios.
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